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En busca de la prosperidad, por David Tuesta | Opinión | ECONOMIA

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El deterioro económico y social experimentado por millones de peruanos ha sido brutal. En un contexto en el que la economía cayó en más del 10% en el 2020, donde la tasa de pobreza se incrementó en diez puntos porcentuales, en el que dos millones han perdido el trabajo, y con millones de deudos y contagiados por el COVID-19, es un deber ineludible poner sobre la mesa los recursos financieros para recuperar el pulso.

Pero cuidado. Si no conseguimos que la economía crezca sostenidamente, la crisis fiscal estará a la vuelta de la esquina. Así, para evitar desbarrancarnos, será crucial espolear simultáneamente reformas que revitalicen el modelo económico y que sirvan como señal a los agentes desde el minuto uno.

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Es injusto decir que el modelo económico no ha marcado una diferencia superlativa respecto al caos de décadas pasadas. En el gráfico 1, se aprecia una serie del crecimiento del PBI per cápita entre 1960 y el 2019 para países seleccionados. Resalta cómo a partir de los 90 el ingreso por habitante en el Perú empieza a despegar gracias a la introducción de una estructura basada en sólidas reglas macroeconómicas, el funcionamiento del mercado y la apertura al mundo.

La interacción de estos tres elementos propició la mejor asignación de los factores de producción, promoviendo el círculo virtuoso de más crecimiento, menor pobreza y mayor igualdad.

La introducción del actual modelo mostró además lo erradas de las recetas previas basadas en estatizaciones, controles de precios y proteccionismo que nos trajeron hiperinflación, recesión y pobreza.

Se constata también que desperdiciamos décadas viendo a otros países como Corea del Sur, Malasia, Tailandia y Chile ampliar la brecha de desarrollo mientras el Perú caminaba equivocadamente.

Las reformas permitieron un buen despegue, y viendo las tendencias, hoy podríamos haber superado a Tailandia y habríamos recortado diferencias con Chile. Sin embargo, la fatiga de reformas desde hace diez años truncó ese destino. Eso sí, pudimos mantener distancias claras respecto a Bolivia, reducir diferencias con Brasil y estar lejos del desastre venezolano.

Análisis

¿Qué detuvo nuestra senda de expansión desde el 2010? Simplemente que la mayor productividad que trajo la mejor asignación de factores hasta ese entonces se fue diluyendo ante la falta de más reformas.

Observemos la gráfica 2, con información de los ratios de PBI per cápita de 108 países respecto al de Estados Unidos, comparándolos entre 1960 y el 2019.

Así, en el eje superior derecho se aprecia a los países más ricos, que han logrado mantener su estatus de desarrollo. Más interesante aún es observar el cuadrante donde se ubican aquellos que lograron el milagro del desarrollo, transitando de los ingresos medios a los altos ingresos.

También podemos apreciar en la parte inferior la triste situación tanto de aquellos que no han salido de la trampa de la pobreza como de los que dejaron tiempos mejores para volverse pobres como Venezuela.

Y, en el centro de toda esta gráfica, constatamos la existencia de varios países encorsetados en la denominada “trampa de ingresos medios”, un fenómeno explicado por la desaceleración de las tasas de crecimiento ante el agotamiento del rendimiento de sus factores productivos. Vemos cómo Chile se ha quedado muy cerca de dar ese salto al desarrollo y vemos al Perú algo más lejos.

Más allá de las frías estadísticas, mantenerse en la “trampa de ingresos medios” tiene su lamentable correlato en el quiebre de expectativas sociales cuando los beneficios iniciales se desaceleran y empiezan a destacar los inobjetables rezagos institucionales en educación, salud, justicia y seguridad, que deberían promover la igualdad de oportunidades.

Entonces, ¿todo está perdido? No debiera ser así. Como es obvio, se requiere impulsar la productividad para generar real bienestar. Hay varias líneas que el Perú todavía tiene por explorar en el lado de la asignación eficiente de los recursos.

Hay todavía varias fallas de mercado como, por ejemplo, las que impiden la formalización de la propiedad y generación de viviendas sociales, permitiendo que traficantes de terrenos se beneficien.

Urge lograr consensos para una reforma que reduzca los altos costos laborales y termine con la frustración del 72% de la PEA que mira el trabajo formal como una utopía. Se requieren mecanismos ágiles que rompan con la parálisis en que se encuentra la inversión en infraestructuras.

Y ya en el ámbito más ambicioso, se requiere avanzar en el desarrollo institucional que permita que los ciudadanos accedan a similares oportunidades para prosperar, donde la presencia de un mejor Estado es clave.

Como concluyera Paul Romer, se necesita incentivar la generación de ideas basadas en la construcción de capital humano y un ambiente propicio donde las más innovadoras fluyan bajo la protección de los derechos de propiedad. Ir por el camino contrario no es alternativa para el progreso.

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