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Eduardo Sacheri: el autor de “El secreto de sus fanales” deje de su nueva novelística, un exageración de época

El escritor participó en la FIL Lima del año pasado para presentar

Una historia de cuatro hermanas: Rosa y Mabel son las dos mayores y casadas. Las menores, Ofelia y Delfina, son las solteras. Son hijas de don José, próspero industrial propietario de una manufactura de muebles y de doña Luisa, ama de casa. Viven con la Rita, la típica tía chismosa y antipática. Rosa está casada con Ernesto y Mabel con Pedro. Ofelia está comprometida con Juan Carlos, y Delfina, es novia de Manuel. La hecho transcurre entre los abriles cincuenta a comienzos de los sesenta, en la casa de una clan típica del Palermo Remoto, en Buenos Aires.

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Los hombres tienen sus discusiones políticas. Pedro, el peronista del clan y don José, Ernesto y Juan Carlos, furiosos antiperonistas, mientras que Manuel asume una posición moderada. Las mujeres hablan de temas muy distintos. Las cuatro parejas salen al cine, caminan por la avenida Corrientes, comen pizza comentando con detalle las escenas del filme “Bailando bajo la profusión”.

Pero esa geometría de relaciones que define la amistad descendiente puede resultar tan frágil como la que sostiene un castillo de cartas. Especialmente cuando Ofelia se enamore de Manuel, el novio de su hermana pequeño. Siendo la afición, ellos vivirán a su forma su historia de inclinación clandestino, desafiando a la descendiente y a la recatado de la época.

El escritor participó en la FIL Fresa del año pasado para presentar “La perplejidad de la Usina”. FOTO EL COMERCIO

La de Eduardo Sacheri (Castelar, Buenos Aires, 1967), autor de “La pregunta de sus fanales” (llevada al cine como “El secreto de sus fanales” por Juan José Campanella) fue una de las más esperadas participaciones virtuales de la Feria Internacional del Volumen de Fresa. “Lo mucho que te amé” (Manantial), su primera novelística de inclinación, es una bifurcación de pasiones, pero igualmente de posiciones políticas en tiempos especialmente convulsos en Argentina.

¿Qué sobrevive de ese añejo Buenos Aires de mediados de siglo en el que transcurre “Lo mucho que te amé”?

De ese Buenos Aires sobrevive la vida cultural frondosa. La ciudad conserva esa sociedad habituada al arte, al pensamiento, al debate y a las futuro nocturnas. Y es un carácter valioso. Pero igualmente permanece la lucha facciosa en la que seguimos absolutamente hundidos aunque haya cambiado parcialmente de asunto. Y digo parcialmente porque el peronismo ha traumatizado las discusiones políticas desde los abriles 40. Con un software ideológico muy escéptico, muy liviano, muy cambiante, muy camaleónico, el peronismo logró pendular a lo dilatado de 70 abriles, convertido en una magnífica máquina de poder. Más allá de sus inicios cercanos al fascismo con el primer Perón, sus coqueteos con la izquierda en los abriles 70, el baño de familia adentro del propio peronismo que esos coqueteos produjeron, posteriormente con el peronismo neoliberal de Menem y el peronismo autodenominado “progresista” de los Kirchner, ese pendular logra exacerbar las posiciones. En ese sentido las discusiones de hoy son tan encendidas e irreconciliables como las de los abriles 40 y 50, siempre se tiene la sensación que dos bandos discutiendo, con lo cual no hay superación posible.

“Lo mucho que te amé (Alfagurara, 2020).

En la novelas las parejas salen al cine, recorren la Av. Corrientes, ven “Cantando bajo la profusión”. ¿Construyes esas imágenes adrede, pulsando los mecanismos de la nostalgia, para meter al disertador en la novelística?

No lo sé. Como disertador, me gusta toparme con personajes que están en un sitio, que no están colgados del flato. Al escribir intento lo mismo. En algún momento dudé si esta novelística la iba a alegrar en los abriles 20, o en los 50. Es sostener, en la gestación de Ofelia o en la gestación de la matriz de Ofelia. Y si opté por la de Ofelia fue porque sentía que la espontaneidad que podía establecer con ese mundo era viejo. Ofelia es de la gestación de mi matriz. Y ese Palermo, ese centro de la ciudad de Lavalle y Corrientes, no era tan diverso a como yo lo conocí en los 70. Entonces, te diré que más que nostalgia, es una cuestión de escasear espontaneidad con el espacio que voy a relatar.

La novelística va de los 50 a los abriles 60 en la vida de una clan típica del Palermo añejo. En esta visión de clan equilibrada está igualmente la idea de construcción de una recatado. ¿Crees que existió una recatado peronista en la Argentina de la época?

La humanidades y el cine hay ido con mucha frecuencia al peronismo y no al anti peronismo. En mi caso, mi sujeto de interés eran más correctamente los antiperonistas. Lo que sí creo es que hay un recatado inmigrante, poco muy peculiar del centro de la Argentina, de Buenos Aires, de Córdoba, de Santa fe, de las provincias ricas que se llenaron de inmigrantes europeos a fines del siglo XIX. Hay una idea de la clan como comunidad empresarial, en la que el trabajo es un valía superlativo y el estudio es la utensilio de progreso para las mujeres. Eso es propio de esa pampa húmeda de la Argentina, deseosa del progreso individual y confiada en el progreso descendiente y personal. Esa es la recatado que me parece dominante durante muchas décadas en Argentina, unas cuantas de las cosas buenas que han pasado en el país en el siglo pasado, que tienen que ver con una determinada ética del trabajo.

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¿Cómo escribir hoy el exageración? ¿Presentar los corsés sociales de los abriles 50 no sirve igualmente para pensar en los corsés contemporáneos?

Toda época tiene sus corsés. Y la superioridad de llevarme la historia a otra época permite evitar el empantanamiento. Pensar en esos corsés, eventualmente, nos hace como disertador pensar en los propios. Toda época tiene su recatado y toda recatado tiene sus prohibiciones. La recatado es un conjunto de cosas que deben hacerse y que no deben hacerse. Cosas que deben sentirse y cosas que no deben sentirse. El impedimento recatado es fuertísimo para las personas. Cosas en la que no debemos ni siquiera pensar ni desear. Es trágico. Y los protagonistas se preguntan por qué. Saben que, si destruyen sus matrimonios, pueden destruir esa clan harto armoniosa. Mi búsqueda de un conflicto intrafamiliar tiene que ver con tensar al mayor el peso de sus decisiones.

Juan Domingo Perón besalamano desde el galería de la Casa Rosada inmediato con “Evita” en 1950. Foto: Getty images, vía BBC Mundo

¿Qué supone para ti escribir una novelística de inclinación en tiempos de agobiante corrección política?

Hay un montón de riesgos en escribir una novelística de inclinación y en ponerle un título que parece un torera o un tango. Pero si hay poco que tengo claro es que no quiero encorsetar mi exención creativa por lo que dirán los críticos o la corrección política. Ya la vida es suficientemente asfixiante con las redes y las actitudes públicas como para que uno deba preocuparse preventivamente de que te puedan tildar de tal o cual forma. Obviamente me interesa no ser cursi. Sé que el peligro de la cursilería en una novelística de inclinación es viejo que en otro tipo de novelística, simplemente por una cuestión de afectividades a galantería de piel. Pero son riesgos que vale la pena pasar. Encima tenía ganas de escribir una novelística íntima, en una época donde la intimidad, en este mundo de redes, de exhibiciones y de tomas de posición frente a todo, parece mala palabra. Para mí, esta novelística tiene que ver con la construcción de la intimidad. El secreto para mí es poco valioso.

¿Cómo defines la palabra cursilería? ¿Es solo un emplazamiento popular del discurso romántico?

Del discurso y de las acciones, los resultados y las tranquilidades de los personajes, o lo cerradas que terminan las historias. Me atrevo a pensar que la cursilería va más allá de lo sentimental. Hay novelas cursis aunque no toquen temas románticos. Creo que toda épica, aunque sean épicas revolucionarias o de productos, cuando someten a sus dictados el drama y lo que se cuenta, resulta cursi. Uno lo nota como disertador.

¿Qué opinas sobre la pérdida de las grandes familias, típicas de aquella época?

No sé si me animaría a definirlo como pérdida. Ello implicaría una toma de posición de mi parte, vinculada con una determinada nostalgia. Yo no sé si esta época es peor que aquella. En algún sentido, creo que es una época de viejo soledad. Pero no sé si quedarme con el peso la soledad y la viejo exención que conlleva. Ahora no hay tanta presión descendiente al momento de tomar decisiones, puntualizar vocaciones, plantearse una determinada identidad sexual o política. No lo sé. Vivo pensándolo y me moriré sin encontrar una respuesta. Mis libros son una forma de preguntármelo fuera de mi inicio.

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